sábado, 14 de julio de 2007

Cuando vuelvan los dragones


Cuando vuelvan los dragones

Si volvieran los dragones
a poblar las avenidas
de un planeta que se suicida.
Joaquín Sabina

I

No se equivocan mucho cuando tienen miedo:
siento que podría hacer cualquier cosa.
Sartre

Justificado recelo de aquellos que, sabedores al menos de la estatura de su sombra, se alejan a mi paso y temen por sus miedos y sus certezas. Algo hay de cierto, pues, en la podredumbre de sus conciencias, apelmazada imagen de mentiras hechas carne, que les dicta huir de mi presencia, evitar mis palabras y esquivar mi mirada. Hacen bien al esconderse en sus pestilentes madrigueras ideológicas y refugiarse en la inútil ejecución de un poder que les fue conferido por sus iguales. Han nacido con la mente y el corazón castrados. La esterilidad de sus pensamientos ocupa más espacio en sus vidas que sus pensamientos mismos. Pretenden que la vida sea una eterna teorización sobre el vivir: investigan el mejor ritmo respiratorio, deducen la cantidad idónea de esperanzas y de sueños, dosifican sus ansias y sus ganas, reducen el placer a lo indispensable; en fin, pretenden prepararse para la vida y no se dedican a vivirla.

Digo que hacen bien pues su oportunidad de hacerlo diminuye, la hora del cambio está marcada y, cuando el tiempo se cumpla, la desaparición será la única alternativa al cambio radical. El Nuevo Orden está por venir, y aquellos que me reconocen como su artífice y temen por sus aletargadas vidas tienen razón, pues las rígidas estructuras que fundamentan su existir serán las primeras en desmoronarse.

Inútilmente pretenden resguardar el sopor que confunden con tranquilidad haciéndome tropezar y hasta caer. Pero se niegan a aceptar que no tienen la capacidad de enfrentarme, pues las batallas que yo libro les son ajenas. Nada ganan con su pretendida postura, condescendiente y alevosa, de ser los guías a los que hay que seguir, pues no pertenezco al rebaño que ellos pretenden cuidar; soy, más bien, el dragón que ha de venir a devorarles y destruir su mundo de mentiras.

II

Una lágrima corre,
la tierra me recupera.
Goethe

El tiempo pasa y el dolor se acumula. Va formando cristales de aristas afiladas que rasgan mi alma. Se incrusta en mis ojos y me ciega ante la belleza del mundo, que se disuelve en un angustiante torbellino de dudas y derrotas. Al final, sólo un rastro nauseabundo es testigo de la titánica lucha que mis entrañas padecen con el único motivo de mantenerme vivo, de seguir siendo quien soy, aunque a ratos no sepa con certeza quién soy y porqué he de defenderme.

Con todo, sólo me queda el recurso del poeta que grita desaforado, tratando de convencerse a sí mismo de que es el único que puede llorar hasta inundar los abismos y así poder escapar flotando sobre su propia tristeza. Sólo tengo la esperanza de que escribiendo logre exorcizar mis miedos y escapar de mis prisiones, torturas y verdugos.

Si es cierto que Dios ha puesto la Luz, y a nosotros nos corresponde poner las lágrimas, entonces el tamaño de nuestro sufrimiento es una tragedia en sí misma, incapaz de medirse para profetizar la duración del llanto que ha de venir a saciar toda la luz del mundo y de los mundos por venir. Y el poeta se ha colocado esta tarea en los hombros: llorar más y a conciencia, para acelerar el pago de la deuda de luz que hemos adquirido; ha hecho del llanto su profesión pues, de cualquier modo, el poeta tiene muchas cosas por las cuales llorar.

Siempre podrán escribirse versos más tristes que aquellos que Neruda pretendía tener. Siempre habrá más dolor del que estamos dispuestos a reconocer. Siempre habrá algo que nos hiera más allá de lo imaginado, una soledad asechante, capaz de destrozarnos en sólo unos instantes.

Porque el renacimiento es cotidiano y casi siempre sin sentido. Porque la magia de las horas me abandona con cada intento de desafiarla. Porque la muerte es infinita, como este absurdo retorno, interminable desfile de placeres vedados.

III

Dormimos tan cerca del
tejado que el temblor de una
estrella nos despierta.
Renato Leduc

Si el temblor de una estrella nos despierta es porque comprendemos su lenguaje y a ellas nos debemos. Somos los guerreros que implantarán el Nuevo Orden y darán sentido a los cambios y las revoluciones. Renacemos antes de haber muerto por completo, pues nuestras vidas son metáforas incomprensibles para la gran mayoría. Habitamos el corazón del mundo, somos sus sentimientos y sus pasiones. Viajamos ocultos por el aliento del dragón que resguarda nuestra voz y nuestros cantos. La luz de los amaneceres presagia el callado encanto del Gran Amanecer por venir.

Habitamos la noche, todas las noches, pues en ellas se ocultan nuestros enemigos. Iluminamos al mundo con pequeñas hogueras en el cielo mientras el sol retorna. No hay hombres de tanta confianza en la desgracia, de tanta similitud con el olvido, como nosotros. Somos rebeldes como todo espíritu analítico debe ser.

Creemos que ser humano es también un deber, por eso y, teniendo el valor suficiente como para que no se nos tome por lo que no somos, dejamos de pensar en la vida y hemos decidido vivirla, pues podemos decir sin jactancias que la vida es lo mejor que conocemos.

Vivimos en el silencio pues la palabra es nuestra mejor aliada, nuestra arma más poderosa. Así, tratamos de que en medio del gran estallido que alimenta nuestras mentes y corazones, sólo la Belleza, el Bien y la Verdad construyan nuestros sueños y alimenten nuestras alas.

El Alquimista
Julio ’98

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