jueves, 12 de julio de 2007

Recuento

Recuento
(A manera de regalo)

No pienso rebelarme contra mi enajenación.
L. E. Aute

Quien coloca por encima de todo la
tranquilidad de sus allegados debe renunciar
por completo a una vida guiada por las ideas.
A. Chéjov

Muero como un soldado, lloro como un guerrero.
León Felipe

Sólo demasiado lejos es suficientemente lejos.
Ursula K. Le Guin


Hace tanto tiempo que no escribo acerca de mí y de lo que me pasa, que no sé cómo empezar. No sé si tratar de definirme, o hacer un inventario de lo que he sido, o enlistar lo que quiero llegar a ser, o tratar de encontrarme a través de mis dudas.

Rondo ya (¿apenas?) los veinticinco y mi vida está tan plagada de incertidumbres, de ansias insatisfechas, de embriones de proyectos, de semillas sin germinar, de cielos inconquistados, que por momentos me invade una angustia que llena todo de gris y trata de aplastarme hasta borrar mi presencia incluso de la memoria de los que me han conocido. Y es entonces que, recapitulando, miro hacia atrás, al camino que ya he recorrido, tratando de saber quién soy. Y es también entonces cuando, haciendo intentos por definirme, logro sacar fuerzas de mí mismo para continuar con el ascenso.

Y entre mi pasado más reciente, aquél que alcanzo a recordar, existe un momento en el que logré desprenderme de un buen número de grilletes y de vendas, para romper un importante cascarón. Fue en esa ocasión, hace un año aproximadamente, que nació un curioso ser que ya gritaba desde años atrás y que no había logrado hacerse escuchar. Se trata de un personaje al que yo bauticé como El Alquimista, y que ha venido a llenar un vacío abismal y a conciliar a otros tantos seres que habitan y habitarán en mí. Este individuo es tan importante en mi vida, que hoy quiero hablarles de él, con la esperanza de que él pueda hablarles de mí.

He de empezar por su nombre: El Alquimista. La Alquimia es la ciencia, el arte, y quizá la magia, de transformar el plomo en oro, lo indeseable en deseable, lo impuro en puro, lo imperfecto en perfecto. Es, en resumen, el poder de la transmutación. Y he ahí que El Alquimista tiene por misión hacer de mí un mejor hombre, transmutarme hasta ser una estrella y más allá. Tiene la titánica tarea de perfeccionarme y purificarme, y el camino que se ha trazado y ha escogido para mí es el de las letras: en la lectura de ellas pero, sobretodo, en la creación de belleza al colocarlas en el orden adecuado. Ha desenterrado y redescubierto para mí la filosofía, la retórica y el arte. Me ha enseñado a hablar con voz propia, aunque muchas veces me presta la suya. Me ha obsequiado con las primeras claves para saber mi único y verdadero nombre, y ha logrado levantarme cuando he caído. Me ha dado pies ligeros para recorrer el camino de la verdad.

A lo largo de este año que lleva ya conmigo, El Alquimista, primero que nada, me hizo despertar de mi sopor:

una lágrima ha borrado mi nombre, hasta hace un momento claro y preciso, para convertirlo en una mancha fugaz y huidiza, que se filtra por el papel del mismo modo que mis sueños por esta vida que arrastro hace tiempo.

Nuevamente me invade esta extraña sensación que empieza a dejar de serme ajena: es presencia constante y ausencia inagotable. Es fuente de origen y mar de destino. Es conciencia paradójica de todo lo que me niego a aceptar. Es conflicto y solución en sí misma. Es terreno inconquistable y acariciante. Es motor de mis motivos y angustia de mis horas...

; me destrozó, para luego fundir mis pedazos y volver a construirme:

Es tan difícil decir cómo me siento cuando el universo entero estalla entre mis manos, cuando el sol parece haberse detenido, cuando nada obedece la norma. Cómo saber si esta angustia tiene nombre, cuando el sólo respirar me duele tanto y me parece una deuda impagable, cuando hasta mi sombra me traiciona y se vuelve contra mí. Cómo escapar de la utopía a la que siempre he tenido miedo. Cómo encontrar el camino de regreso a casa.

Preguntas por mí cuando no sé ni mi verdadero nombre, cuando recién he despertado, cuando la consciencia me golpea inmisericordemente. No me dejes dormir en la espera, no me dejes dormir sin soñar. No me pidas definirme cuando lo que quiero es no caerme. Destrózame si quieres, pero dame tiempo para respirar. Quiero ser universal sin llegar a ser apátrida. Quítame estos grilletes que me lastiman, ya no los soporto; deja que suelte ya estos lastres, de nada me han servido. Déjame nacer de una vez por todas...

Son muchas las historias que me pertenecen. Tengo mil voces que claman dentro de mí. Un millón de sueños se escapan silenciosos hasta volver a encontrarse con sus raíces. De muchas formas me han llamado pero uno sólo es mi nombre. Todos los ríos corren dentro de mis venas, y se desbordan cayendo en estruendosas cascadas dentro de mi cabeza. Infinidad de lunas han iluminado mis noches de suplicio y soledad. Ejércitos de nubes han velado mis días felices a lo largo de mi existir. Mis pies han recorrido países enteros, y sin embargo, los invade la nostalgia de todos aquellos mundos que esperan por mí. Torrentes de sentimientos han moldeado y erosionado mi ser, convirtiéndolo por momentos en sólo arena fina. Muchos son los que han intentado acabar conmigo, pero lo que soy es más poderoso que yo mismo, y esta historia no ha hecho más que comenzar...

; me hizo renegar y blasfemar:

Si mi destino es errar por qué sigo aquí anclado, por qué no me he ido aún, por qué me dejas echar raíces cuando podría no sentir tanta nostalgia, por qué he de permanecer atado, por qué todavía no se a dónde me dirigiré, por qué he de seguir bebiendo este amargo brebaje con la engañosa esperanza de que servirá para nutrirme, por qué me haces perder el tiempo con tantas distracciones. Por qué me he despertado a esta hora de la madrugada cuando mi tren sale hasta medio día, para qué despertar tan temprano si he de esperar hasta que llegue la hora, sin saber sin embargo cuál es esa hora.

Si mi destino es errar entrégame ya mis alas, dame un sobrenombre interesante, aligérame el equipaje, tramita pronto mis pasaportes, arráncame de una vez de aquí, muéstrame los caminos y puentes que he de cruzar; condúceme a la nueva tierra que espera por un nombre, una historia, una plegaria; apresta ya mis botas aventureras que ansiosas esperan hollar nuevos caminos; adelanta mi reloj, que se detiene perezoso, retrasando demasiado la hora de mi partida.

De otro modo, por qué esta ansiedad, por qué sentir tanta prisa, por qué no estar conforme, por qué seguir fingiendo. Por qué anunciar mi salida con tanta anticipación. Por qué me diste estos pies tan ligeros y este corazón vagabundo, por qué la impaciencia de conocer cosas nuevas, por qué mi cabeza nunca se está quieta, por qué este espíritu de nómada, por qué me incomoda la paz del hogar, por qué extraño tanto algo que nunca he realizado, por qué todo me sabe a viejo, por qué me hace daño tanta quietud, por qué siempre tengo ganas de volar...

; me dio, como ya dije, una voz propia:

Sé que me gustaría sonar como una gran catarata, aunque por el momento no suene mas que como un murmullo de humedad. Me gustaría sonar como una tormenta huracanada, aunque no alcance a ser más que el pronóstico de un día nublado. Me gustaría sonar como un buen blues, pero la mayoría de las veces sólo consigo lamentos aislados. Quisiera darle a mis letras una voz como el rugido de un dragón, como el silencio de la montaña, como el amanecer en la jungla, como el llanto de la tierra, como la luz de la luna reflejada en una gota de rocío, como la arena del mar. Me gustaría gritar como la brisa del Mediterráneo, como las llanuras de Nazca, como los megalitos de Stonehenge, como una noche en las ramblas, como el desierto de Australia, como los fiordos noruegos, como el bosque de los unicornios...

; y me dijo por qué me gusta tanto viajar (entre muchas otras cosas más):

El único sentido de un viaje es viajar sin importar el destino, sin importar tanto el a dónde como el por dónde, con quién, por qué.

A final de cuentas, lo único que realmente se necesita, son unas botas cómodas, una chamarra abrigadora, un buen libro, un ánimo dispuesto a todo y un cuaderno y una pluma cómplices y confidentes.

Cómo se extraña esa sensación de libertad, ese andar sin lastres, palpar el viento con el rostro completo, esa incertidumbre que enardece, el mirar un horizonte distinto a cada instante, acabarse el camino a bocados, alcanzar las nubes con sólo desearlo, contemplar las estrellas por puñados, admirar un paisaje sin censuras, saberse vagabundo y errante, olvidarse de las rutinas y los protocolos, entonar la canción que se prefiera.

Así, después de este recuento, sé que me falta mucho camino por recorrer; pero ya sé a dónde he de dirigirme. Sé que mis pies ya ansían hollar dichas sendas, pero sé también que éstas habrán de esperarme el tiempo que sea preciso. Hoy sé a dónde he de volar, y mientras llegue el momento, estaré fortaleciendo mis alas y nutriendo mis sueños...



Iván Camacho Anguiano,
El Alquimista
Julio ‘96

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