sábado, 14 de julio de 2007

El Camino Secreto

El Camino Secreto

El camino secreto va hacia dentro.
Novalis

I

¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario
y un pobre anacoreta en medio de un mundo,
ninguno de cuyos fines comparto, ninguno
de cuyos placeres me llama la atención?
Hermann Hesse

Es curioso, pero las noticias de mi soledad siempre llegan en pequeñas multitudes. Vienen a mí como la confirmación de algo que sabía hace tiempo: mi destino es estar solo. Y no hablo de vivir sin compañía, aislado y en la sombra. No. Hablo de saberse solo, sin iguales; de ser autodidacta en vez de discípulo; de no tener punto de comparación por ser algo que no ha existido nunca; de salirse de estándares y predicciones; de ser la conjetura en vez de conjeturar. Hablo de la soledad de saberse ajeno al mundo.

Y aunque estoy solo, no soy el único. Somos una tribu de guerreros que vagamos por los mundos recogiendo estrellas y construyendo fantasías. En nuestros ratos de ocio edificamos castillos y coleccionamos basiliscos, pero por lo regular vamos espada en mano matando certezas, regalando nombres, ayudando a parir quimeras y sembrando preguntas. De vez en cuando nos reunimos a compartir experiencias y existencias, a planear la próxima estrategia, a iniciar a un nuevo guerrero o a aullarle a la luna llena.

Somos los eternos inconformes, los artífices del cambio y de las revoluciones. Por eso nuestra presencia suele incomodar a las mentes sosegadas y saciadas. La razón, la imaginación, el saber, son nuestras armas; y viajamos montados en grandes dragones que nos enseñan a platicar con el Mundo. Nuestras batallas son cotidianas y se encaminan a construir el Nuevo Orden; y aunque la Perfección esté fuera de nuestro alcance, no nos detenemos a pensar en esos detalles.

II

Aprendí a caminar, y desde entonces corro.
Aprendía a volar, y desde entonces no tolero
que me empujen para pasar de un sitio a otro.
Friedrich Nietzsche

A pesar de saber que debo conceder un último deseo antes de partir, por momentos las dudas son lo único seguro. Mi capacidad y destreza se ven cuestionadas por propios y extraños. Las expectativas de los demás suelen ser asfixiantes y dolorosas. Y la incomprensión de los seres queridos lastima y puede llegar a ser un lastre si no tengo cuidado.

No soy el niño prodigio, orgullo de la familia; ni tampoco el respetado ejecutivo junior con todas sus ansias apagadas. Sé que algunos preferirían verme con los bolsillos llenos y en la boca sólo un silencio de muerte. Les haría felices mirarme con el alma amortajada; anémico de poesía. Están dispuestos y presurosos a no escuchar mi voz, mi llanto y mis locuras con tal de escuchar a cambio los elogios vulgares de los cuerdos.

Sé que mi estilo de vida no complace a muchos; y aunque puede llegar a importarme no logrará hacerme cambiar. Las explicaciones sobran cuando los oídos cierran la entrada al corazón. No voy a hacer o dejar de hacer algo porque otros me lo digan. Mis únicos consejeros son el Sueño y la Gran Obra, todo lo demás es accesorio.

Algunos me dirán que soy egoísta por poner mis sueños por encima de la tranquilidad de los demás. Otros se rasgarán las vestiduras ante tanta blasfemia. Algunos más dirán que dicen lo que la Virgen les dijo que dijeran. Habrá los que me juzguen y condenen a vivir su propia vida. Pero sólo quiero que sepan que volaré con ellos, sin ellos o a pesar de ellos, hasta derretir mis alas y tragarme la Tierra.

III

Cansados de los eternos intentos de atravesar la
materia cruda, elegimos otro camino y quisimos
apresurarnos hacia lo infinito. Entramos en
nosotros mismos y creamos un mundo nuevo.
Henrik Steffens


El retorno al hogar comienza en la hora santa de la locura. Es un viaje sagrado que nos aleja del mundo y nos entrega a cambio el universo. Nacer es morirse de ganas de crecer; es cambiar de piel y de nombre; es andar el camino secreto; es tatuarse el alma y borrar la memoria de vidas pasadas; es tirar el mundo a la basura y construirse uno a la medida.

Tengo que descender a los abismos de papel a recolectar los fragmentos, para llevarlos luego a la superficie. Una vez afuera, es necesario quitarles el barro y el óxido, lijarlos y pulirlos. Pero no siempre es tan fácil; a veces me encuentro con seres que me atacan y no me dejan salir o, peor aún, quieren salir conmigo. Otras veces me pierdo en las inmensidades de lo inefable; y no hay peores sufrimientos que aquellos que no tienen nombre.

Y si vivo caminando al borde de un abismo roto es porque no soporto ser esclavo de la gravedad, y prefiero desafiarla y pensar que cada instante sin caer es una victoria. Sin embargo, por momentos prefiero lanzarme al vacío para evitar el riesgo de caer. Y si a veces lloro es solamente para que no se muera el mar. Y si a ratos me desgarro el pecho es tan sólo para dar de beber a las estrellas. Y si hiero el papel y me desdibujo para pretender guiar una avalancha de tinta, es porque entre vivir y escribir nunca admití una clara diferencia. Y si me empeño en gritar y cantar es únicamente porque el silencio de los espacios infinitos me aterra. Y si mi voz suena plañidera y quejumbrosa es porque todo cuanto siente, en mí sufre y está como preso, y me es imposible callar esos lamentos.

Es así como vivo contemplando, desde dentro y desde fuera, el interminable desfile de mundos. Tratando de escucharlos a todos para conocer, por fin, el Nombre Impronunciable.

El Alquimista
Julio ‘97

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