martes, 17 de julio de 2007

Suscitando Paradojas

Suscitando Paradojas

Querer es suscitar las paradojas
Albert Camus


Una gota hambrienta de infinito

Soy una gota hambrienta de infinito,
que avanza sin descanso, en su regreso
a la cósmica almendra de su origen.
Elías Nandino

Desperté en el centro de un suspiro, cuando el mundo estaba a punto de caer, y los demás a una línea de creer que me entendían. Desperté y me supe aún veleta, con una innegable vocación de espadas en la sangre, con un canto de hachas en los ojos, con un danzar de mazos en las manos.

Quien no se haya entregado a las innumerables voluptuosidades de la angustia; quien no haya soportado a diario en el pensamiento los peligros y placeres de la propia extinción. Quien, no siendo experto en una disciplina de estremecimientos y sobresaltos, y meditando sobre su propia consunción, se haya reducido deliberadamente a cenizas, no sabrá con certeza de lo que hablo. No podía tomarme aún en serio, una vez que había yo disparado el pensamiento hacia los gélidos avernos, donde se apresuran las nebulosas espirales.

Mi aptitud de soledad era más aguda que ninguna y mi constante penetración en lo inanimado me aislaba en un hálito errabundo y celeste, envolviéndome en el frío latir de las sombras. Estudiante de los páramos desiertos, fiel al ascetismo descarnado de las rugosas tempestades que siembran los planetas de posibilidades, llegué casi a doctorarme en soledades cósmicas.

Mas aún se ocultaba, en un resquicio del tiempo, una dulce mirada que habría de rescatarme. A punto de ser, durante el instante de un instante, cuando casi era lo que se aniquila. Existiendo durante el instante de un surgimiento, de una invasión del silencio, casi entregado al dolor que me engulle. Supe que la verdadera vida estaba en otra parte, siempre por ganar y siempre cerca. Supe que la esperanza era la vida misma defendiéndose. Supe que mis manos estaban preñadas de los ruidos primigenios, aquellos que vertebran literaturas completas.

Quedaba sólo el remanente de la soledad voluntaria, de irme cada vez más para no ver a nadie conocido. Quería sentir acaso, con una incierta mezcla de éxtasis y de espasmo, que nadie sabría de mi dónde, mi cuándo o mi por qué. Autonáufrago en bosques, orillas de río y profundidades interiores.

Decidí no ser merecedor del olvido que quizá me esperaba y, comprendiendo que, cualquiera que fuera mi nombre o ropaje, sentiría sin duda el martirio de mi estrecha existencia terrena. Supe que era, con Goethe, demasiado viejo para andar en juegos y demasiado joven para estar sin deseos.


Luciérnagas comprometidas

Desde antes de que él se lo pidiera
ella había comprometido su cuerpo
lleno de luciérnagas con el hombre
que se las había puesto en revuelo.
Ángeles Mastretta


Recorríamos el mundo y la vida sin buscarnos, pero sabiendo a ciencia cierta que lo hacíamos para encontrarnos. Conservando la esperanza de que alguna mujer-tripulación conduciera su bajel sin otra guía que los consejos de su mascarón de proa.

El destino tiene que dar muchos rodeos para llegar a cualquier parte. Fue preciso una conjunción estelar para que la ruta de un dulce astro boreal se cruzara con este cometa sin manto que moría de frío. Todo fue reconocernos y ponernos al tanto de nuestras semividas. Llegó el tiempo de sumar historias y de escribir en la misma página.

Yo, cual Adán revisitado, superior e inmutable en los demás goces, me sentí únicamente débil ante la duda y el arrobo que produjo en mí la poderosa visión de tu belleza.

Ignoro de qué color he de pintar las ansias que me definen en este atardecer sin nombre. No me alcanzan los susurros heredados del viento para saciar la humedad que me dicta tu perfil, como un pretexto que hace de tus secretos una invitación. Apenas he logrado sucumbir a la certeza que tu risa engendra, y salvarme así de los duelos asechantes.

Mientras tu voz, en un conjuro, muda el fuego del sílex a mi cuerpo, tus ojos buscan y consiguen una vida. Y yo, escapando de las luces misteriosas que me prometían sosiego, he llegado a tus playas a implorar por un naufragio en tu tormenta, por un cataclismo en tu entrepierna, por una caída desde tus pechos.

Tu piel asila mis plegarias y el curso incontenible de los ríos que caben en tu risa, desorbita los planetas. Tu nombre me susurra epopeyas y me dicta versos. ¿Amor se llama el sueño? Yo digo que sí...

Mal he vivido de mí; fui muerte para mí: en ti vuelvo a vivir. Pues eres la razón de mis causas y la causa de todas las razones que gobiernan mi existir. Alejarme de ti no es más que un espejismo en la niebla devoradora de íconos.

Silencios febriles
Parecería que su estado normal es
el silencio, y la palabra una fiebre
que les da de vez en cuando.
Sartre

Desoído y atrapado contra los muros que me limitan, quise salir a la plaza, soltando mis palomas en medio de la concurrida indiferencia. Una luz agónica entre el salvaje anochecer y el amanecer, terrible como todos, me mantuvo desesperado y quise romper entonces el silencio amenazante.

Por fin he aprendido a llorar sin hacer preguntas, por fin he aprendido a escribir sin buscar respuestas. El sencillo arte de colocar letra tras letra, me entrega a diario dudas, sentidos, certezas, angustias, motivos, formas, senderos, sueños... pero nunca respuestas.

Si cada palabra es un temerario aprendiz de brujo, y el corpus de la literatura posible se me presenta como un laberinto infinito; entonces, no queda más que la magia para intentar conquistar las altas almenas donde aguardan los libros de mi futuro.

Me preceden un par de poetas que cruzaron todos los círculos; un monstruo de barro con nombre hebreo; un anillo que destruido destruyó al mal; guerreros de tremolante casco, pies ligeros y hermosas grebas; la náusea instalada en las manos; un ciego bibliotecario que soñaba con la espada del normando; el héroe fundador que cambió Cartago por Roma; el obispo nacido en Tagaste; un par de lusitanos ilustres; el gran Snorri; y aquél que le regaló a Oscar su tambor.

Ahora me corresponde dividir el curso de esta siempre uniforme sucesión, vivificándola en un ritmo perenne. Debo conjurar lo particular en la consagración universal, para detentar el poder que Prometeo nos confiara. Encender los crepúsculos en las mentes de mis hermanos e inundar de flores el paso de mi mujer amada.


Conquistando la utopía

La felicidad es a veces una bendición,
pero por lo general es una conquista.
Paulo Coelho

Hemos enviado ya a las legiones de avanzada hacia un tiempo prometido. La campaña de conquista ha comenzado y no podemos sino vencer.

Con la espada empuñada, un sueño en cada mirada, una certeza por latido, el poder de un amor cual árbol de luz, el silencio compartido, las semillas del amanecer, una urgencia incontenible, el sabor a desafío, la impoluta metáfora que nos define, la ternura contenida, la pasión que el universo nos adeuda, el tiempo de todos los suspiros, la alegría cotidiana, el cantar de nuestras manos, un retoño inconfundible, la sabiduría que nos regalan, y el verano como norma.

Podremos mientras creamos. Seremos siempre juntos. Habitaremos de la mano. Creceremos sin descanso. Lloraremos cuando el dolor no baste. Reiremos siempre. Engendraremos gigantes. Fundaremos una estirpe portadora de mundos. Escribiremos los dictados del destino. Soñaremos sin permiso.

Nos espera ya un hogar que verá crecer nuestro amor, nuestros sueños y nuestros hijos. Refugio de los frutos de la tierra, de los libros que nos buscan hace tiempo, de la magia que se esconde tras sus labios, de los cantos que prometieron otras vidas, del saber que resuelve paradojas, y del ansia que comienza a incomodarnos.

El Alquimista
Julio ‘00

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